Tengo ganas de ver el mar, buscarme en el
susurro de las olas, encontrarme en el chispeo de la brisa, y perderme en lo
efímero de mis huellas en la arena.
Siento que me reclama, o más bien lo reclamo
yo a él.
Quiero nacer y morir, rojiza, junto al sol todos
los días. Florecer entre las brumas y brillar allá en lo alto apuñalando las
nubes y recorriendo el cielo con despojos rectilíneos de una fuerza que se
pierde en la materia.
Quiero agonizar en horizonte incierto y
esconderme lentamente tras el magma frío de un volcán al que ya no le quedan energías,
y ver cómo la luz se va ahogando entre lamentos de gaviotas y rugidos de
oleadas, sufriendo porque amenaza la noche.
Reencarnarme blanca y despuntar sobre un
confín, y arrasar toda una costa con destellos albinos.
Trepar escalinatas de constelaciones mientras
admiro mi reflejo en ese espejo inquieto que todo lo calla y todo lo sabe… que
todo lo oculta y todo musita incomprensible, trazando tormentas de calma en
vaivenes de lava gélida.
Quiero nacer de las aguas, crecer en su cresta
y morir suavemente en la playa.
Quiero representar mi función sin más
espectadores que los astros, pupilas del firmamento riendo mi comedia,
sollozando mi drama, suspirando mi tragedia con su aliento hacia mi nuca, y
aullándome al oído, despacio, que nada sabe el mudo de su sordera… que nada
sabe el vidente de los colores que ve el ciego.
Y qué sabrán los cuerdos de la locura más que
números y fórmulas, si me basta una gota de realidad para comprender que hay un
mar de fantasía.
Dónde queda la utopía si se realiza. Qué poco
pesan los sueños. Qué alto vuelan los niños si de mayores siguen siendo
pequeños.
Me siento hoy como el agua que se inmola
contra las rocas. Qué buscarán las olas en la orilla, que no dejan de
asaltarla.
Busco cobijo en la aurora que me arropa y me
protege de las navajas de las cimas de las montañas, que forma un mar en el
cielo y un paraíso en el océano.
Sé que hay más de lo que veo, sé que hay más
música que la que puedo escuchar. Sé que hay más escoria que la que puedo oler,
y más luces que los que con la nariz puedo ver. Pero hoy me conformaría con
rozar la aspereza de un atardecer con mis dedos, y con fundir mis ojos en el
humo de un incienso anaranjado y caer al abismo marítimo con sus algas danzantes
tras rozar con los labios la piel salada del charco que hoy soñé mar en las
calles mojadas de Granada.
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