miércoles, 18 de febrero de 2015

La inmensidad de un charco

Tengo ganas de ver el mar, buscarme en el susurro de las olas, encontrarme en el chispeo de la brisa, y perderme en lo efímero de mis huellas en la arena.
Siento que me reclama, o más bien lo reclamo yo a él.

Quiero nacer y morir, rojiza, junto al sol todos los días. Florecer entre las brumas y brillar allá en lo alto apuñalando las nubes y recorriendo el cielo con despojos rectilíneos de una fuerza que se pierde en la materia.
Quiero agonizar en horizonte incierto y esconderme lentamente tras el magma frío de un volcán al que ya no le quedan energías, y ver cómo la luz se va ahogando entre lamentos de gaviotas y rugidos de oleadas, sufriendo porque amenaza la noche.

Reencarnarme blanca y despuntar sobre un confín, y arrasar toda una costa con destellos albinos.
Trepar escalinatas de constelaciones mientras admiro mi reflejo en ese espejo inquieto que todo lo calla y todo lo sabe… que todo lo oculta y todo musita incomprensible, trazando tormentas de calma en vaivenes de lava gélida.

Quiero nacer de las aguas, crecer en su cresta y morir suavemente en la playa.

Quiero representar mi función sin más espectadores que los astros, pupilas del firmamento riendo mi comedia, sollozando mi drama, suspirando mi tragedia con su aliento hacia mi nuca, y aullándome al oído, despacio, que nada sabe el mudo de su sordera… que nada sabe el vidente de los colores que ve el ciego.
Y qué sabrán los cuerdos de la locura más que números y fórmulas, si me basta una gota de realidad para comprender que hay un mar de fantasía.

Dónde queda la utopía si se realiza. Qué poco pesan los sueños. Qué alto vuelan los niños si de mayores siguen siendo pequeños.

Me siento hoy como el agua que se inmola contra las rocas. Qué buscarán las olas en la orilla, que no dejan de asaltarla.

Busco cobijo en la aurora que me arropa y me protege de las navajas de las cimas de las montañas, que forma un mar en el cielo y un paraíso en el océano.

Sé que hay más de lo que veo, sé que hay más música que la que puedo escuchar. Sé que hay más escoria que la que puedo oler, y más luces que los que con la nariz puedo ver. Pero hoy me conformaría con rozar la aspereza de un atardecer con mis dedos, y con fundir mis ojos en el humo de un incienso anaranjado y caer al abismo marítimo con sus algas danzantes tras rozar con los labios la piel salada del charco que hoy soñé mar en las calles mojadas de Granada.


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